Las personas aquejadas de disgrafía se caracterizan por su fallas de orientación al encarar el lenguaje escrito. Vale decir que, cuando el pequeño procura trazar los símbolos gráficos en la página, no procede automáticamente de izquierda a derecha o de abajo hacia arriba. Por el contrario, suele hacer movimientos circulares en el sentido de las agujas del reloj, o sea en dirección contraria a la que los educadores consideran correcta. El niño tiende también a comenzar al pie de la letra o número, yendo de abajo hacia arriba, procediendo nuevamente en sentido contrario a la dirección normal.
Dicha orientación invertida, en sí, no tiene nada de malo. Cuando se los deja en plena libertada para adaptarse a su manera a las pautas vigentes en la lectura, la escritura y la ortografía, la mayoría de los estudiantes disgráficos idean de algún modo de satisfacer estas exigencia educacionales de nuestra cultura. Su mayor obstáculo son las expectativas estereotipadas de ciertos maestros respecto de las técnicas caligráficas. Si se dejan de lado dicha restricciones artificiales, el estudiante disgráfico será tan capaz como el que más de convertirse en una persona educada.
La hostilidad de la escuela hacia quienes se apartan de la norma es lo que inflinge un daño permanente a los disléxicos. Cuando el niño disgráfico llega a la mitad de la escuela primaria, ya se desvanecido por completo su interés por desarrollar su habilidad para la escritura, o bien, por norma, suele ponerse demasiado a la defensiva como para responder bien a los procedimientos comúnmente aplicados en el aula. La lucha por la defensa de su territorio (individual) ha absorbido todo su tiempo y energía. Los disgráficos de mayor edad se muestran poco dispuestos a aventurarse en las sutilizas de las formas de aprendizaje "correctas". Los preciosismos de la escritura fueron percibidos siempre como el enemigo responsable del rechazo de que es objeto el niño tanto entre los adultos como en el grupo de pares. Los niños disgráficos se cuentan entre las víctimas más lamentables del actual sistema educacional. La corrección de sus deficiencias es una tarea a largo plazo, pero en la mayoría de los casos pueden obtenerse resultados ampliamente satisfactorios.
El maestro que considere que nuestra descripción de la situación de los niños disgráficos es exageradamente dramática debería oírlos comunicar sus sentimientos a los especialistas. En comparación con la mayoría de los alumnos disgráficos, los disléxicos visuales y auditivos realmente parecen disfrutar de la escuela. La diferencia residiría en ala actitud que adoptan los maestros. La mayoría de los niños pueden dibujar de manera aceptable o trazar los signos del lenguaje escrito más o menos adecuadamente, lo cual los hace merecedores de cierto respeto en los grados elementales. Pero el niño disgráfico, incapaz de coordinar sus procesos de codificación, carece incluso de tales medios de obtener aceptación. No sólo tienen dificultades para leer y deletrear, sino que, aumenta su adaptación deficiente produciendo trabajo sumamente desprolijos. La corrección de la disgrafía requiere infinita paciencia del educador. Amén de desarrollar las habilidades gráficas del niño, debe convencer a éste de que nada pierde con probar.
Adquisición de la habilidad para la escritura
Sea cual fuere la edad del alumno o el grado que cursa, existe un punto de partida básico para corregir su sentido deficiente de dirección. El niño debe comenzar por el aprendizaje de la letra cursiva, a despecho de lo que digan los especialistas, quienes a los largo de cuarenta años han insistido en la necesidad de de enseñar primero la letra de imprenta. Recuerde el lector que estamos hablando de un niño con dificultades excepcionales, cuyo caso difiere por completo del de la mayoría. Como la mayor parte de los alumnos pueden aprender primero a escribe en letra de imprenta sin dificultad alguna, de ningún modo se trata de trastocar todo el sistema educacional. Pero si lo que se procura es corregir la disgrafía, es necesario entonces iniciar de inmediato la práctica de la letra cursiva, tanto si el sujeto tiene cinco como cincuenta años.
En el caso de los disgráficos con trastornos muy graves, quienes no pueden seguir el contorno de un modelo sin salirse de la línea, es preciso utilizar un patrón para el entrenamiento táctil. Se trata de una suerte de molde que obliga al niño a realizar determinados movimientos de la mano, los uales le permiten aprender a escribir correctamente. En los comercios especializados podrán adquirirse dichos patrones o moldes, que van desde los más baratos, en cartón, a los más caros, en metal. Pero no vale la pena que el docente invierta grandes sumas en la compra de moldes costosos, ya que por poco o ningún dinero podrá elaborarlos él mismo.
Tomado de
La dislexia en el aula. De Dale R. Jordan. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1975.
Páginas transcritas: 149 y 150
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